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Fundaciones Soros

El Programa para América Latina trabaja estrechamente con determinadas fundaciones Soros en la implementación de políticas y el apoyo a organizaciones locales. Las siguientes fundaciones se encuentran en la región de América Latina y el Caribe:

Fundación Soros-Guatemala

Fondation Connaissance et Liberté (Haití)

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About

Iniciado en enero de 2002, el Programa para América Latina coordina las actividades de concesión de donaciones del OSI en la región, sirve de enlace para las fundaciones Soros en Guatemala y Haití y desarrolla labores de política en Washington, DC. El programa se enfoca en tres áreas temáticas principales: 1) promoción de una mayor transparencia y rendición de cuentas, 2) fortalecimiento de las instituciones democráticas y 3) garantía del apoyo internacional a los objetivos de una sociedad abierta.

Para desarrollar estos objetivos, el Programa para América Latina trabaja estrechamente con las fundaciones Soros en Guatemala y Haití y con otros programas relacionados con el OSI y colabora con organizaciones locales y regionales que comparten sus objetivos.

La Fundación Soros en Guatemala y la Fundación Soros en Haití son instituciones autónomas creadas en estos países para iniciar y apoyar las actividades de una sociedad abierta. El Programa para América Latina remite todo el trabajo relacionado con Guatemala y Haití a la Fundación Soros correspondiente.

El Programa para América Latina también trabaja en colaboración con otros programas relacionados con el OSI en la región que incluyen: la Iniciativa Pro-Justicia del Instituto para Sociedades Abiertas, el Programa para Medios de Comunicación, Revenue Watch y el Programa de Información.

Antecedentes

Aunque todos los países de América Latina y el Caribe menos uno cuentan con gobiernos civiles elegidos democráticamente, resulta evidente que la democracia está a la defensiva. Los gobiernos democráticos han sido poco capaces de generar un crecimiento económico sostenido y de mejorar el bienestar de sus ciudadanos, al mismo tiempo que (a excepción de Chile) la pobreza y la desigualdad han aumentado en la última década.

Los gobiernos democráticos también han tenido dificultades para garantizar el orden. Tanto la delincuencia común como el crimen organizado están fuera de control. El fin de los conflictos internos, el desmantelamiento de las fuerzas de seguridad represivas y la falta de empleo han dado lugar a una situación en la que existen decenas de miles de armas y gente que sabe cómo utilizarlas y que dispone de pocos medios legítimos para ganarse la vida. Las olas de criminalidad están produciendo una reacción pública que ha debilitado el apoyo a las libertades civiles y el respeto a los derechos humanos.

El problema no se debe simplemente al fracaso institucional. En la mayor parte del siglo XX, los países latinoamericanos vivieron breves periodos de experimentación democrática interrumpidos por largos periodos de gobierno militar o de la ley del más fuerte. Como resultado, en numerosos lugares, los valores democráticos son débiles y la confianza en las instituciones democráticas es casi inexistente. Con pocas excepciones, los partidos políticos tradicionales se consideran poco representativos y corruptos e ineficientes, o bien ambas cosas.

Con pocas excepciones, los partidos políticos tradicionales se consideran poco representativos y corruptos e ineficientes, o bien ambas cosas. Esta realidad ejerce una enorme presión sobre los gobiernos elegidos democráticamente. Incluso con una considerable voluntad política y una situación internacional favorable, la reducción de la pobreza y la desigualdad, así como la superación de la herencia de la exclusión social tardarán muchos años. Si estos regímenes no pueden producir mejoras visibles en el corto plazo, será difícil que duren lo suficiente como para generar reformas sostenibles, como han demostrado los acontecimientos sucedidos en Bolivia en el 2003. En este contexto, algunos líderes recurren a la manipulación de los procesos democráticos, como es el caso del antiguo presidente de Ecuador Lucio Gutiérrez. Cuando estos líderes tampoco ofrecen resultados, son apartados del cargo. Pero la consecuencia suele ser un vacío político en vez de una consolidación de la democracia.

El deterioro del apoyo público a las reformas democráticas y los regímenes reformistas se ve agravado por el legado cultural del autoritarismo en América Latina. Las sociedades cerradas tienden a generar una visión maniqueísta del mundo que polariza la sociedad en “amigos” y “enemigos.” Lo que se pasa por alto a veces es que esto no sólo ocurre con los que gobiernan, sino que también se refleja en las personas que son gobernadas. Una de las principales herencias de los largos periodos de gobiernos autoritarios en América Latina es una profunda polarización entre “gobierno” y “sociedad civil.” Los regímenes autoritarios y los gobiernos militares consideraban a la sociedad civil organizada una amenaza y pretendían cooptar o reprimir a sus líderes y organizaciones. Entre otras cosas, esto produjo la eliminación de un amplio grupo de líderes de la sociedad civil capacitados y experimentados. También produjo una especie de reflejo en la sociedad civil que considera al gobierno como el enemigo. Dado el alcance y la profundidad de estos problemas, el Programa para América Latina busca fomentar la buena voluntad sobre la que basar iniciativas de cooperación.

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